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Entre panes y plegarias, Bolivia despide las almas y reafirma identidad cultural
Por René Quenallata Paredes
Entre panes con figuras humanas y de animales, plegarias, frutas, comidas y música, miles de familias bolivianas despiden hoy lunes a las almas de sus seres queridos en el cierre de Todos Santos, una celebración que combina creencias ancestrales y religiosas y mantiene viva la identidad cultural del país.
Desde las primeras horas de la jornada, marcada por el feriado nacional, cementerios y espacios públicos de regiones urbanas y rurales se llenaron de familias que llegaron con ofrendas para acompañar el retorno simbólico de los difuntos al mundo de los muertos.
Por su parte, la experta boliviana en patrimonio cultural inmaterial, Marianela Tarifa, explicó a Xinhua que "la despedida, marcada por oraciones, cánticos y alimentos compartidos, puso nuevamente de manifiesto una tradición que trasciende el recuerdo individual para convertirse en una expresión de memoria colectiva".
En distintas regiones urbanas y rurales, miles de personas participaron en ceremonias familiares y visitaron camposantos, donde las tradicionales t'antawawas o panes con forma humana, junto con frutas, dulces, flores y los platos preferidos de los fallecidos, ocuparon un lugar central en las ofrendas.
Según la creencia popular, explicó Tarifa, las almas regresan al mundo terrenal al mediodía del 1 de noviembre y permanecen durante 24 horas junto a sus familiares, hasta emprender el retorno al mediodía del día siguiente.
"En ese encuentro simbólico, cada elemento de las mesas tiene un significado relacionado con la recepción y despedida de los seres queridos", agregó la también investigadora, docente universitaria y gestora cultural.
Las t'antawawas representan a los difuntos, mientras que los panes con formas de escaleras, cruces y caballos simbolizan, según la tradición, los medios que ayudan a las almas a llegar a los hogares de sus seres queridos y regresar al más allá.
Frutas, dulces, agua, bebidas y platos de comida, completan las ofrendas y sirven para los difuntos en el largo trayecto de retorno al más allá.
Para la estudiosa, el reencuentro con los ajayus (almas) es una ceremonia profundamente arraigada, cuya continuidad se sostiene en la transmisión de conocimientos y costumbres entre generaciones.
"Cada año los bolivianos revalorizamos nuestra cultura con mucha devoción", afirmó.
En el municipio de Guanay, al norte de La Paz, la familia Gironda Paredes preparó un altar con cañas de azúcar, flores, t'antawawas, frutas y platos especiales para recibir y despedir a sus seres queridos.
"Abrimos las puertas de nuestra casa a la gente que viene a rezar por nuestros seres queridos que ya no están en este mundo, luego nos vamos al cementerio para despedirnos de nuestro querido padre. Nos reunimos todos en familia, llegan de distintas regiones", relató Eduardo Gironda, de 55 años y residente de la población amazónica de Candelaria.
La celebración también convoca a vecinos y rezadores, que se acercan a los altares y tumbas para elevar plegarias por las almas y reciben panes, frutas y otros alimentos en agradecimiento.
En los cementerios, muchas familias se reúnen en calles y espacios aledaños para compartir alimentos, bebidas y recuerdos.
En las áreas rurales, el denominado "despacho de los muertos" conserva una marcada dimensión comunitaria, acompañado de música autóctona, comida y encuentros familiares.
Algunas familias incluso contratan conjuntos musicales para rememorar a los seres queridos con las melodías que disfrutaban en vida, como hizo Grover Piloy, quien contó que, para recordar a su papá, hicieron sonar piezas del machetero, una danza tradicional de la Amazonía boliviana.
Celebrada cada 1 y 2 de noviembre, Todos Santos reúne en Bolivia elementos de la tradición católica con prácticas y creencias de los pueblos indígenas, en especial de las culturas andinas.
Tarifa señaló que esa confluencia dio lugar a una celebración con características propias, en la que la muerte no se entiende solo como una separación definitiva, sino también como una transformación de la relación entre los vivos y quienes partieron.
Cuando las ofrendas se recogen y las familias se despiden de los difuntos, concluye el encuentro simbólico de cada año, pero la memoria de los antepasados permanece en los hogares y vuelve cada noviembre, fecha en que Bolivia transforma el recuerdo de sus muertos en una celebración de identidad, comunidad y continuidad cultural.


