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Construir puentes: lo que China me enseñó sobre conectividad

Por DIARIO DEL PUEBLO digital | el 09 de octubre de 2026 | 16:05

La imagen, captada el 23 de noviembre de 2024 en la Zona Franca de Barcelona, España, muestra un vehículo del primer modelo de fabricación conjunta entre la compañía china Chery Automobile y la española Ebro-EV Motors. (Xinhua)

La imagen, captada el 23 de noviembre de 2024 en la Zona Franca de Barcelona, España, muestra un vehículo del primer modelo de fabricación conjunta entre la compañía china Chery Automobile y la española Ebro-EV Motors. (Xinhua)

Por Diego Ruzzarin

He visitado China dos veces y, curiosamente, cada viaje me ha dejado con más preguntas que respuestas. Para mí, eso es algo profundamente positivo. La curiosidad es quizá una de las mejores herramientas que tenemos para combatir los prejuicios, especialmente cuando intentamos comprender una sociedad tan extensa, diversa y compleja como la china.

Mi historia personal también condiciona mi manera de observar el mundo. Soy brasileño y mexicano, latinoamericano por partida doble, filósofo de formación, comunicador por profesión y, sobre todo, una persona obsesionada con intentar comprender cómo funcionan realmente las sociedades.

Una de las principales herramientas que utilizo para hacerlo es el materialismo político.

El concepto puede sonar complicado, pero su principio fundamental es bastante sencillo: para comprender una sociedad no basta con escuchar lo que dice sobre sí misma. Tenemos que observar las condiciones materiales que hacen posible su existencia. ¿Cómo produce? ¿Cómo distribuye? ¿Qué infraestructura construye? ¿Cómo organiza el trabajo? ¿Quién controla la tecnología? ¿Cómo circulan las personas, las mercancías y la información? ¿Qué instituciones permiten que una comunidad prospere?

Las ideas importan, por supuesto. Pero las ideas nunca existen separadas de las condiciones materiales que las hacen posibles.

China es un territorio extraordinariamente fértil para hacerse estas preguntas.

Durante mi viaje más reciente visité Haoku, cerca de Shenzhen, una pequeña localidad de aproximadamente 300 habitantes que ha desarrollado una sorprendente cultura alrededor del café y recibe una cantidad extraordinaria de visitantes. Lo fascinante para mí no era solamente encontrar cafeterías en un pequeño pueblo chino. Era preguntarme: ¿qué condiciones materiales permiten que esto exista?

Transporte, carreteras, comunicación, seguridad, energía, servicios públicos, tecnología y planificación.

Ahí, de pronto, lo microscópico se vuelve geopolítico.

Desde el extranjero solemos hablar de China utilizando enormes abstracciones: PIB, comercio internacional, socialismo, capitalismo, competencia tecnológica, Estados Unidos, geopolítica. Pero una sociedad no está construida de abstracciones. Está construida de trenes, hospitales, escuelas, fábricas, redes eléctricas, viviendas, empresas, parques, restaurantes y personas que todos los días trabajan, producen, consumen, aman y construyen proyectos de vida.

Por eso viajar es indispensable para mi trabajo. Me permite contrastar la teoría con la realidad material.

También me permite contar historias.

Mi trabajo actualmente alcanza a más de 10 millones de seguidores de habla española y portuguesa, principalmente en América Latina. Solamente el contenido generado alrededor de mi viaje más reciente a China acumuló más de siete millones de visualizaciones.

Pero para mí esas cifras significan algo mucho más interesante que alcance digital.

Significan confianza.

Y precisamente por eso creo que los comunicadores podemos funcionar como puentes entre regiones que todavía se conocen demasiado poco.

América Latina tiene una enorme curiosidad por China. Al mismo tiempo, existen barreras lingüísticas, culturales y mediáticas que dificultan ese encuentro. Nuestro trabajo ocupa parte de ese espacio: traducir experiencias, conceptos y formas diferentes de entender el desarrollo.

Me interesa construir historias capaces de explicar por qué determinadas innovaciones, productos, ciudades o experiencias pueden ser relevantes para personas que viven a miles de kilómetros de distancia.

Esto resulta especialmente importante frente a tecnologías como la inteligencia artificial y la robótica. Antes de mi último viaje era considerablemente más escéptico sobre ambas. Sin embargo, observar aplicaciones concretas destinadas a resolver necesidades humanas me obligó a reconsiderar algunas posiciones.

Desde el materialismo político, la pregunta sobre una tecnología nunca debería limitarse a qué puede hacer. También debemos preguntar: ¿quién la construye?, ¿quién la posee?, ¿quién se beneficia de ella?, ¿qué relaciones sociales transforma? y, sobre todo, ¿al servicio de quién está?

Esa discusión apenas comienza.

Finalmente, mi relación con China también es profundamente personal. Soy padre, esposo y un hombre de familia. Cuando pienso en desarrollo, tecnología o infraestructura, no pienso solamente en indicadores económicos. Pienso en el mundo que heredarán nuestros hijos.

Aspiro, quizá de manera sencilla, a un futuro más próspero para todos.

Y amo China profundamente, pero intento hacerlo de la única manera que considero intelectualmente honesta: con curiosidad. Quiero conocerla más, estudiarla más, recorrerla más y también comprender sus contradicciones. Mi próximo sueño es regresar acompañado de mi esposa y mis hijos para descubrir otra China a través de sus ojos.

Porque conectividad no significa solamente construir trenes, puertos, redes digitales o carreteras.

También significa construir confianza.

Y quizá uno de los puentes más importantes que podemos construir entre dos regiones es aquel que permite que, finalmente, puedan mirarse directamente a los ojos.

Diego Ruzzarin es profesor de Materialismo Político, analista geopolítico y creador de contenido con una comunidad de más de 10 millones de seguidores. 

(Las opiniones expresadas en este artículo son las del autor y no reflejan necesariamente las posiciones del Diario del Pueblo digital)

(Web editor: Zhao Jian, 周雨)