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Salón Los Ángeles, cuna del danzón en capital mexicana y punto de encuentro intergeneracional que resiste al tiempo
Por José Gabriel Martínez y Ricardo Montoya
En la colonia Guerrero de la Ciudad de México hay un lugar donde el tiempo se aletarga y en el que las paredes acumulan casi nueve décadas de memoria, la duela cruje bajo pasos que se repiten generación tras generación y la música, lenta y ceremoniosa, marca el ritmo de un ritual social que se resiste a desaparecer.
Se trata del Salón Los Ángeles, fundado el 29 de julio de 1937 y convertido, con los años, en referencia de la cultura popular urbana, un espacio en el que han tocado, cantado o bailado innumerables personalidades de México y otros países.
Considerado como la cuna del danzón en la capital mexicana, el recinto ha sido escenario de una transformación cultural constante sin perder su esencia.
"Yo creo que la importancia del salón es su capacidad para transformarse en estos 88 años y haber tenido la fortuna de presentar a las mejores orquestas de los géneros que se han presentado aquí desde el danzón", dijo a Xinhua su actual director, Miguel Nieto, tercera generación de la familia fundadora.
"El salón sigue vigente porque hay filmaciones, programas, entrevistas que tienen que ver con muchas cosas, no sólo con la música del recuerdo como el mambo o el chachachá, sino con nuevos grupos que hemos ido promoviendo", subrayó.
El danzón, ritmo y baile de origen cubano, llegó a México desde Cuba a finales del siglo XIX. En el Salón Los Ángeles encontró décadas después un territorio fértil para su adaptación.
Aquí se volvió más pausado, más elegante, más cercano a la idiosincrasia mexicana. No es sólo un baile, sino un código social donde la invitación, la aceptación y la distancia corporal construyen una narrativa de respeto.
En palabras de Nieto, es un lenguaje compartido con otras tradiciones de pareja, pero con un sello propio. "En el danzón el hombre conduce en pareja", explicó, al ponderar la dimensión simbólica de los movimientos del baile.
Más allá de su valor histórico, lo que distingue al Salón Los Ángeles es su carácter intergeneracional. En la pista conviven adultos mayores, jóvenes y principiantes que aprenden observando y repitiendo.
"Para nosotros es un orgullo poder seguir pisando esta duela y bailar con estas grandes orquestas", dijo José Gerardo Reyes, conocido como "El Huehue" y quien lleva 38 años como bailador, 12 de ellos en el Salón Los Ángeles.
Esa continuidad se sostiene también en historias personales. Paola González, visitante habitual desde hace casi tres décadas, encuentra en el baile una forma de resiliencia.
"El baile te saca de muchas presiones, de muchas angustias", señaló Paola, al tiempo que narró que acudir con frecuencia al Salón y bailar le permitió "sacar un poquito de la depresión que traía" tras perder a su hijo mayor.
Por la pista del reciento han pasado artistas como el muralista mexicano, Diego Rivera, o el popular compositor y cantante cubano, Benny Moré, quien, de acuerdo con la memoria del lugar, compuso ahí una de sus canciones más conocidas: "Bonito y sabroso", mambo que celebra la conexión entre México y Cuba a través del baile y el ritmo.
Sin embargo, su verdadera riqueza reside en las historias cotidianas: parejas que se conocieron bailando, amistades que se consolidaron al ritmo de una orquesta, visitantes que encuentran en la música un espacio de pertenencia.
A lo largo de su historia, el Salón Los Ángeles ha sobrevivido a cambios profundos. Su permanencia responde, en parte, a una lógica que trasciende lo comercial.
"No todo en la vida es la opción económica y esa ha sido la relevancia del Salón, que ha sobrevivido a la pandemia, que ha sobrevivido cambios de régimen, de ritmos, y que muchas de las orquestas que se iniciaron aquí (...) o que han pasado por el Salón, han dejado huella en el mercado de la música de la Ciudad de México principalmente", sostuvo Nieto.
Hoy, mientras nuevas generaciones se acercan al danzón, el espacio mantiene su vitalidad. Cada martes y domingo, la rutina se repite: luces encendidas, instrumentos afinados, parejas que se buscan con la mirada.
En un contexto donde la interacción social se traslada cada vez más al ámbito digital, el Salón Los Ángeles persiste como un espacio físico de encuentro.
Su vigencia no se reduce a la nostalgia de unos cuantos centenares de bailadores, sino a su capacidad de adaptación. Como señala su director, el reto hacia el futuro, con el centenario del recinto en la mira, pasa por consolidar un modelo que garantice su continuidad más allá de la familia fundadora, sin perder su identidad y prácticas emblemáticas.
En una urbe que cambia a gran velocidad, el Salón Los Ángeles permanece como un archivo vivo. Mientras haya alguien como el Huehue y Paola, dispuestos a invitar a bailar y a aceptar, respectivamente, el danzón seguirá marcando el pulso de una tradición que, lejos de extinguirse, continúa reinventándose en cada paso.


