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Un restaurador de Dunhuang lleva cuatro décadas preservando murales con el esmero de un médico y las manos de un artesano

Visitantes admiran los murales de las Grutas de Mogao en Dunhuang, provincia de Gansu (noroeste de China). Foto: VCG
Fu Youxu presiona la pera de aire de una pequeña jeringa y un fino hilo de adhesivo blanco se filtra lentamente por una grieta de un antiguo mural.
Esta herramienta es una de las muchas que ha personalizado y guarda en su equipo de restauración. Algunas fueron desarrolladas por su mentor hace décadas; otras han sido adaptadas a partir de instrumentos utilizados por dentistas o maquilladores. Cada una tiene un propósito específico y requiere una mano experta.
"Al sostener la espátula de restauración, el ángulo y la presión deben ser precisos", comentó Fu. "Realmente hay que contener la respiración y concentrarse".
Durante casi cuatro décadas, Fu ha trabajado en los murales de las Grutas de Mogao en Dunhuang (provincia de Gansu, noroeste de China), así como en sitios patrimoniales de Xizang, Qinghai, Shanxi y otras regiones. Ha restaurado más de 2.000 metros cuadrados de murales.
Sin embargo, él no se considera un experto.
"Soy simplemente un artesano", dijo Fu. "Reflexiono sobre estas cuestiones porque me interesan".
Para Fu, esa curiosidad forma parte de las exigencias del oficio. Restaurar un mural no es solo cuestión de tener buen pulso. Cada pared plantea desafíos distintos —con diferentes tipos de daños, materiales y riesgos—, lo que obliga a los conservadores a decidir no solo cómo realizar la reparación, sino también qué grado de intervención resulta adecuado.

Fu Youxu elimina contaminantes de la superficie de un mural en la provincia de Sichuan, en el suroeste de China. Foto: Cortesía de Fu Youxu.
Tratando a un paciente frágil
Fu suele describir los murales como si fueran pacientes. Algunos sufren de desconchado de la pintura, zonas huecas, grietas o daños causados por sales. Pueden presentarse varios problemas simultáneamente, lo que complica el tratamiento.
Un problema especialmente difícil surge cuando las sales presentes en el interior de la pared cristalizan y dañan gradualmente el mural. Los conservadores a veces llaman a esto el "cáncer" de los murales.
"Los murales son relativamente inestables", señaló Fu. "El soporte que hay detrás es la propia roca, y están constantemente expuestos a cambios de temperatura y humedad".
Las propias cuevas añaden complejidad al desafío. Incluso cuando las temperaturas exteriores alcanzan los 40 °C en verano, algunas cuevas pueden mantenerse frescas, a unos 12 °C.
Los murales abarcan un periodo de más de 1.100 años. Los antiguos artesanos recubrían las paredes y los techos de las cuevas con capas de barro y yeso, creando superficies lisas para pintar. Decoraban estas superficies con escenas religiosas, figuras, vestimentas y detalles de la vida cotidiana.
En la Cueva 150, la pared de tierra que servía de soporte al mural se había inclinado gradualmente hacia adelante y separado del acantilado debido a fuerzas naturales. El método convencional —desmontar, reparar y volver a colocar el mural— podría haber causado daños irreversibles en su superficie pintada.
Tras numerosas deliberaciones, Fu y sus colegas decidieron restaurar el mural y su estructura de soporte conjuntamente, como una sola unidad.
"Después de pasar tanto tiempo en las cuevas, la percepción del tiempo cambia", comentó. "Creo que vale la pena dedicar meses, o incluso décadas, a proteger murales que tienen miles de años de antigüedad".
El arte de hacer menos
Para Fu, la experiencia no ha traído consigo una mayor confianza, sino una mayor cautela.
Cuando ingresó en la Academia de Dunhuang en 1988, a los 18 años, comenzó con tareas básicas como preparar barro y manipular pinceles. Más tarde se formó bajo la tutela de Li Yunhe, un restaurador veterano cuyo enfoque marcó su carrera.
Fu estima que se necesitan unos 10 años para alcanzar la destreza técnica necesaria como restaurador de murales. Desarrollar el criterio para decidir qué hacer —y qué no hacer— lleva aún más tiempo.
"Desde el momento en que empiezas a examinar un mural, debes tener un plan en mente", afirmó. "¿Qué instrumentos debo utilizar para evaluar si la restauración ha dado resultado?".
A lo largo de las décadas, su concepción de la restauración ha evolucionado. Una buena restauración, señaló, no tiene por qué ser necesariamente visible.
"En una buena restauración, si observas el mural antes y después, básicamente no deberías apreciar mucha diferencia", dijo Fu. "Sin embargo, el daño ha sido tratado".
El objetivo no es hacer que un mural antiguo parezca nuevo. La tecnología informática permite reconstruir el aspecto que pudo tener un mural en el pasado para exposiciones y divulgación pública, pero la conservación persigue una meta distinta: prolongar la vida útil del mural preservando al mismo tiempo la información histórica que contiene.
Esa filosofía se refleja en la evolución que ha seguido la conservación de murales en la Academia de Dunhuang.
Cuando Fu comenzó, el equipo de restauración contaba apenas con cuatro o cinco personas. Hoy en día, participan más de 100 personas, con funciones cada vez más especializadas.
Fu también ha contribuido a desarrollar normas profesionales a nivel nacional para los restauradores de bienes culturales consistentes en murales y esculturas policromadas, formalizando así unas competencias cuyo dominio puede requerir entre 10 y 20 años, o incluso toda una vida.
El relevo generacional
Cada año, nuevos graduados universitarios se incorporan a la profesión. Fu los anima a perfeccionar las técnicas establecidas, siempre y cuando la preservación de los objetos siga siendo la prioridad.
Por ejemplo, al tratar pintura desconchada, los conservadores más jóvenes han propuesto utilizar un pequeño pulverizador para aplicar una fina bruma de agua y humedecer suavemente la superficie antes de cubrirla con papel de algodón, lo que ayuda a reducir el riesgo de pérdida de pigmento.
Los recién llegados suelen pasar dos o tres años asistiendo a restauradores experimentados y aprendiendo mediante la observación. Fu señaló que aquellos que realmente llegan a amar la profesión suelen estar dispuestos a asumir incluso las tareas más sucias, agotadoras y tediosas.
Las duras condiciones llegaron a hacer que Fu se planteara abandonar el oficio. Sin embargo, generaciones de estudiosos habían dedicado sus vidas a las cuevas; su ejemplo le ayudó a comprender la importancia de Mogao.
Casi 40 años después, él sigue allí, trabajando con lentitud y esmero en murales que han perdurado durante siglos.
"Un mural recuerda si el restaurador respeta la historia y es capaz de dejar de lado la impaciencia", afirmó Fu.


