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El mundo no necesita un “nuevo monroísmo”
El trasfondo del llamado “nuevo monroísmo” es querer hegemonía y no justicia, querer esferas de influencia y no igualdad soberana, querer supremacía absoluta y no respeto mutuo. El mundo no necesita un “nuevo monroísmo”, y la historia acabará eliminándolo.
Recientemente, una serie de acciones de Estados Unidos contra Venezuela —desde los ataques militares y la captura forzosa del presidente venezolano Maduro y su esposa, hasta la declaración pública de que “administrará” Venezuela y controlará el rumbo de sus recursos petroleros— ha mostrado de forma descarnada al mundo la lógica autoritaria y la naturaleza coercitiva del llamado “nuevo monroísmo”. Estas actuaciones no solo constituyen una burda violación de la soberanía de un Estado, sino también un pisoteo deliberado y un desafío abierto al derecho internacional y a las normas básicas de las relaciones internacionales, cuyo núcleo son los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas.
(Ⅰ)
El “nuevo monroísmo” no es un concepto nuevo, sino la continuación y una peligrosa intensificación contemporánea de la política hegemónica tradicional de Estados Unidos. “Al intervenir en Venezuela, Washington está retomando el monroísmo del siglo XIX”, señaló un artículo publicado en el sitio web del diario español El País, indicando que las diversas acciones estadounidenses contra Venezuela en los últimos meses constituyen en realidad una versión 2.0 de la diplomacia de las cañoneras.
A finales de 2025, Estados Unidos hizo público un nuevo informe sobre la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS por sus siglas en inglés), en el que se afirmaba explícitamente: “Tras años de desatención, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar su posición dominante en el hemisferio occidental, salvaguardar la seguridad nacional y garantizar su capacidad de acceso a posiciones geográficas clave en la región”. Las acciones militares contra Venezuela, junto con las amenazas recientes contra Cuba y otros países latinoamericanos, así como las ambiciones territoriales cada vez menos disimuladas respecto a Groenlandia, han permitido a la comunidad internacional comprender de forma más concreta la dirección de la política estadounidense y han suscitado una preocupación más profunda por el impacto que el “nuevo monroísmo” puede tener en la región y en el mundo.
¿A qué se refiere el “nuevo monroísmo”? Las propias palabras y acciones de Estados Unidos dan la respuesta.
En cuanto a sus objetivos, se trata de garantizar que el hemisferio occidental se convierta en lo que los políticos estadounidenses llaman “nuestro hemisferio”, poniendo al servicio de Estados Unidos el territorio, los recursos y las rutas marítimas de los países de la región, y sometiendo su política interior y exterior a la voluntad estadounidense. En cuanto a los medios, se están abandonando todas las apariencias, recurriendo abiertamente a métodos brutales como ataques militares, intimidación, coerción económica y subversión de gobiernos. Estados Unidos, que profesa el principio de la “fuerza por encima de todo” y el “Estados Unidos primero”, es capaz de emplear cualquier medio y actuar sin escrúpulos para satisfacer sus propios intereses.
¿Qué traerá el “nuevo monroísmo” a la región? La historia ofrece un claro espejo.
Hace unos días, políticos estadounidenses declararon: “Ya en 1823, James Monroe estableció la Doctrina Monroe. Hoy ustedes también forman parte de ella, son parte de ese legado”. Esto equivale a reconocer públicamente que el Estados Unidos actual hereda y perpetúa la tradición histórica de intervención y expolio que causó profundos sufrimientos a los pueblos de América Latina.
En 1848 se apoderó de más de la mitad del territorio de México; en 1915 envió tropas para ocupar Haití; durante la Guerra Fría invadió sucesivamente la República Dominicana, Granada y Panamá… El diario británico The Guardian señaló que “casi todos los países de América Latina han experimentado algún tipo de intervención estadounidense, ya fuera abierta o encubierta”.
Históricamente, la aplicación de la Doctrina Monroe por parte de Estados Unidos convirtió durante largo tiempo a América Latina en su patio trasero estratégico, fuente de materias primas, mercado de dumping de productos y colonia cultural. El proceso de desarrollo de los países latinoamericanos se vio interrumpido una y otra vez, y sus pueblos sufrieron enormes calamidades como consecuencia de ello.
Como reveló el escritor uruguayo Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina, se trata siempre del mismo guion de “explotación exógena” que se repite una y otra vez: las riquezas subterráneas de otros países deben convertirse en el combustible que sostiene la hegemonía estadounidense.
(Ⅱ)
“Venezuela se ha convertido en la plataforma de lanzamiento del ‘monroísmo’ del siglo XXI”, así interpretan algunos académicos estadounidenses la situación actual en Venezuela.
A medida que Estados Unidos vuelve a considerar el hemisferio occidental como una zona prioritaria de su política hegemónica, el desarrollo pacífico y estable de América Latina y el Caribe puede verse afectado en todos los frentes, y el espacio de autonomía estratégica de los países de la región será gravemente comprimido.
Desde las acciones militares a gran escala en el Caribe y el Pacífico oriental bajo el pretexto de combatir el narcoterrorismo, hasta el uso directo de la fuerza contra el Estado soberano de Venezuela, las crisis de seguridad provocadas por Estados Unidos se están convirtiendo en una grave amenaza para la aspiración de los pueblos latinoamericanos a una vida tranquila.
El aumento de la injerencia estadounidense en los asuntos internos de los países de la región, fomentando divisiones políticas, supondrá riesgos para la estabilidad de sus sistemas políticos.
Mediante métodos como el expolio abierto y la imposición abusiva de aranceles, Estados Unidos desvía los recursos de desarrollo de toda la región hacia el norte, privando a los países de su derecho al desarrollo autónomo y golpeando gravemente sus economías y el bienestar de la población.
Estados Unidos incita a la confrontación entre bloques proestadounidenses y autónomos entre los países latinoamericanos, perjudicando la unidad y el fortalecimiento regional, y obstaculizando el proceso de integración regional.
Los daños del “nuevo monroísmo” no se limitarán a América Latina. Tras la acción militar de Estados Unidos contra Venezuela, el secretario general de la ONU, António Guterres, afirmó claramente que este hecho establece un precedente peligroso.
En esencia, el trasfondo del “nuevo monroísmo” es querer hegemonía y no justicia, querer esferas de influencia y no igualdad soberana, querer supremacía unilateral y no respeto mutuo.
Esto se aparta completamente del derecho internacional vigente y de las normas básicas de las relaciones internacionales, viola gravemente los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas y se sitúa en abierta oposición a la equidad y la justicia internacionales.
El Consejo de Seguridad de la ONU celebró una reunión de emergencia por la acción militar de Estados Unidos contra Venezuela, pero políticos estadounidenses respondieron que no les importa lo que diga la ONU, expresando de forma directa su desprecio hacia las Naciones Unidas, el multilateralismo y el orden internacional.
Destruir el orden de normas internacionales equivale a dañar los intereses de todos los miembros de la comunidad internacional. La hegemonía nunca se contiene por sí sola; al imponer abiertamente la fuerza sobre la justicia, se genera inseguridad e inestabilidad en todo el mundo.
De hecho, las ambiciones expansionistas y la mentalidad depredadora que actualmente expone Estados Unidos muestran un claro desfase con los tiempos, causando conmoción e inquietud a nivel mundial.
Algunos análisis señalan que el “nuevo monroísmo” no es una simple reproducción de la Doctrina Monroe tradicional, sino una escalada cargada de peligros.
El diario estadounidense The Washington Post publicó un artículo señalando que, si este tipo de comportamientos brutales se normaliza, las consecuencias serán inimaginables y “la fuerza será la única justicia” .
(Ⅲ)
El mundo no necesita un “nuevo monroísmo”; la historia acabará eliminando al “nuevo monroísmo”.
La Carta de las Naciones Unidas establece claramente que las relaciones entre los Estados Miembros deben basarse en el principio de la igualdad soberana y que los Miembros se abstendrán en sus relaciones internacionales de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza, o a cualquier otro medio incompatible con los propósitos de las Naciones Unidas, contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado.
En las relaciones internacionales actuales, la igualdad soberana es la premisa fundamental que sustenta la convivencia pacífica, y el Estado de derecho internacional es la garantía básica para salvaguardar la equidad y la justicia.
Estos principios fundamentales constituyen la base de la paz y la estabilidad duraderas del mundo y requieren ser defendidos conjuntamente por toda la comunidad internacional.
Ante la acción militar estadounidense contra Venezuela y la intensificación del “nuevo monroísmo”, las voces más fuertes y el consenso más amplio de la comunidad internacional consisten en defender el derecho internacional y las normas básicas de las relaciones internacionales, así como salvaguardar los propósitos y principios de la Carta de la ONU.
“Estados Unidos, para lograr sus propios objetivos, no duda en violar principios fundamentales del derecho internacional establecidos a lo largo de siglos”, “lo que supone una grave amenaza para el orden internacional establecido tras la Segunda Guerra Mundial”, “borrando por completo la existencia del derecho internacional”…
El “nuevo monroísmo” y la condena global que ha suscitado actúan como un espejo que refleja la arbitrariedad brutal de las potencias hegemónicas en expandirse globalmente y en acciones parciales, y también pone de manifiesto la tendencia irreversible hacia la multipolaridad mundial y la democratización de las relaciones internacionales, así como el carácter complejo de este proceso.
La fuerza puede decidir la ventaja momentánea, pero la victoria a largo plazo pertenece a la razón. La historia avanza inevitablemente, y la justicia acabará imponiéndose a la fuerza.
Frente a las amenazas hegemónicas, la comunidad internacional debe situarse firmemente del lado correcto de la historia, defender conjuntamente la equidad y la justicia internacionales y hacer que el mundo esté lleno de rectitud y claridad.
Diario del Pueblo (14 de enero de 2026, página 3)


